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Blog de Francesco Zaratti

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Guardo con nitidez la imagen de Antonio Araníbar Quiroga durante el homenaje que la Cámara de Diputados rindió a su trayectoria política y a su vida, apenas unas semanas antes de su partida. Poco después de su regreso a Bolivia fui a visitarlo. Fue un encuentro que me dejó sentimientos encontrados: la alegría de verlo nuevamente en su tierra y la profunda tristeza al constatar las limitaciones físicas que le impedían expresarse con fluidez.

Por eso, me impactó profundamente verlo, durante aquel homenaje, entonar a voz en cuello el Himno Nacional. No solo cantaba con la boca, sino que acompañaba cada nota con un enérgico y rítmico movimiento del brazo. Imaginé la inmensa emoción que debía sentir al interpretar aquellas notas «sagradas», arropado por el coro de la concurrencia al acto.

Toño, como lo llamábamos con afecto, fue un verdadero apóstol de la política y, en más de un sentido, un mártir de la democracia. Soportó con dignidad más de veinte años de exilio, consecuencia de la venganza de quienes hoy constituyen una de las mayores vergüenzas de Bolivia ante el mundo.

A comienzos de siglo, en el contexto del proyecto LNG, me invitó, junto a un pequeño grupo de expertos, a su departamento en Sopocachi para compartir reflexiones y análisis. Siempre nos esperaba con la única bebida admitida: un chuflay, suave lo necesario para incentivar la tertulia. Habiendo conocido las residencias de otros excancilleres, me sorprendió la austeridad franciscana de su hogar. Sin adornos exóticos ni ostentaciones, aquella vivienda era el reflejo fiel de una vida honesta y de una carrera consagrada al servicio público.

Unos años después, volvimos a interactuar cuando aceptó el cargo de ministro de Hidrocarburos en el gobierno de Carlos Mesa y me mantuvo como asesor de su despacho. Lamentablemente, permaneció en el cargo apenas unas semanas, debido al hostigamiento del mismo personaje que años más tarde lo obligaría a exiliarse. Aun así, ese breve tiempo bastó para estrechar nuestros vínculos y consolidar un aprecio recíproco que crecería con los años. Solo me reprocho no haber compartido más momentos con él. En efecto, Toño solía almorzar solo, quizá buscando un momento de tranquilidad, y yo, por respeto, nunca me animé a proponerle acompañarlo. Perdí así una oportunidad de seguir aprendiendo de su experiencia.

Entre los recuerdos más gratos de aquella etapa atesoro un viaje oficial a Brasil junto al entonces canciller Juan Ignacio Siles y otros miembros del gobierno. En una fotografía aparecemos ambos junto a Dilma Rousseff, entonces ministra de Minas y Energía de Brasil, después de un almuerzo oficial en el Palacio de Planalto. Más tarde, aceptamos la invitación de los ejecutivos de Braskem para visitar la planta petroquímica de Salvador de Bahía. Fue un viaje distendido, envuelto por la atmósfera mágica de esa ciudad, que fortaleció la amistad entre los integrantes de la delegación y el entusiasmo por impulsar un polo petroquímico binacional en Puerto Suárez. Aquel proyecto fue reubicado más tarde por el gobierno del MAS en el Trópico de Cochabamba en una de las medidas más desacertadas de esa gestión.

Durante su exilio nos mantuvimos en contacto gracias a mis columnas, que él a veces me comentaba. Durante su fugaz regreso a La Paz con motivo del juicio de La Haya, me buscó para un emotivo encuentro, preludio del último que mencioné líneas arriba.

Si algo me consuela, y estoy seguro de que también alegró el corazón de Toño, es la oportunidad que le dio la vida de descansar eternamente en suelo patrio. Y también el de cantar, con toda la fuerza que aún le quedaba, el himno de la patria a la que sirvió con integridad, convicción y un amor inquebrantable.

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