Blog de Francesco Zaratti

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Esta semana, el Satélite de la Luna le hace un guiño a la obra maestra de Plutarco.

Para quienes no estén familiarizados con ellos, Mario Argollo es el actual secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB), la confederación sindical que aglutina a mineros, fabriles y maestros. Donald John Trump, por su parte, 47.º presidente de los Estados Unidos, es quizá la personalidad más polarizante de este siglo.

Argollo compite con el vicepresidente Edman Lara para el personaje más cuestionado hoy en Bolivia: ha liderado un conflicto contra un gobierno democrático castigando severamente al pueblo boliviano —aquel al que dice representar— durante siete semanas. De manera simultánea, Trump sostiene una guerra no declarada contra la República Islámica de Irán, un pulso geopolítico que ha golpeado duramente a una población que ya era víctima de la represión interna de su propio régimen.

Las motivaciones de ambos para «ir a la guerra» guardan similitudes inquietantes: buscan forzar un cambio de gobierno y frenar el desarrollo de lo que ellos consideran «armas destructivas». En el caso de Irán, se trata de la amenaza nuclear de un régimen teocrático; en el caso de Bolivia, la COB busca frenar el cambio de un modelo económico que, tras 20 años de gestión populista, ha derivado en una crisis estructural.

En sus respectivas ofensivas, ambos líderes cargan con aliados incómodos de los que intentan, en vano, distanciarse. Trump tiene a su lado al controvertido primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu; Argollo se ve vinculado a Evo Morales, exmandatario prófugo de la justicia por trata de menores y líder de los cocaleros del Trópico cochabambino, zona epicentro de la producción de materia prima para el narcotráfico.

Cada uno maniobra con sus propios aliados y adversarios. Trump cuenta con el respaldo de las monarquías del Golfo frente a la oposición de Rusia y China. Argollo, por su parte, recibe el apoyo de la llamada “izquierda caviar”, desconectada de la realidad y ahora huérfana de la valiosísima “joya” de Zapatero, mientras enfrenta el rechazo internacional del “Escudo de las Américas” (una alianza continental en contra del crimen organizado).

Una característica común en ambos conflictos es el uso del bloqueo como arma política. Trump, además de las incursiones militares y la «neutralización» (¡Vaya eufemismo!) de figuras clave, ha asfixiado la economía iraní mediante sanciones y el contra-bloqueo marítimo del estrecho de Ormuz, arteria vital para el comercio de hidrocarburos. El argumento es el mismo: presionar al régimen castigando, paradójicamente, al pueblo al que dicen querer «liberar».

De igual forma, Argollo ha avalado actos vandálicos y ha cerrado, de manera implacable, las carreteras bolivianas, en alianza con sindicatos agrarios indigenistas. Su estrategia ha sido asfixiar a los centros urbanos —privando a la población de alimentos, medicinas y combustible— bajo el supuesto de una lucha social. Sus «estrechos de Ormuz» han sido puntos estratégicos de las principales carreteras nacionales, como Senkata, Río Seco, Caracollo, Parotani, San Julián y el Chapare. Es la triste ironía de un país que exige más y mejores carreteras para luego destruirlas, y que reclama por la escasez y la calidad de combustibles mientras mantiene cientos de cisternas varadas al sol, con el riesgo real de degradar la gasolina que el país tanto necesita.

Ante la resistencia imprevista de la milicia iraní y del pueblo boliviano, Trump y Argollo parecen buscar, ahora, desesperadamente, una salida negociada. Intentan salvar sus cabezas políticas, tras haber fracasado, estrepitosamente, en los objetivos que se trazaron al comenzar sus respectivos conflictos.

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