Blog de Francesco Zaratti

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Durante la reciente visita de Donald Trump a Beijing, el presidente Xi Jinping recurrió a una cita culta para enmarcar las relaciones entre las dos mayores potencias globales. Invocó al historiador griego Tucídides, autor de la “Guerra del Peloponeso” (siglo V a.C.), quien observó que el ascenso de Atenas generó tal temor en Esparta, la potencia dominante, que optó por la guerra, la cual culminó con la rendición de Atenas en el año 404 a.C.

La “trampa de Tucídides” cuestiona si el surgimiento de una nueva potencia conduce inevitablemente a un conflicto armado o si puede gestionarse pacíficamente. Con esta alusión, Xi pareció mostrar disposición a negociar estabilidad entre las dos potencias.

El politólogo estadounidense Graham Allison (del Belfer Center de Harvard) acuño el término en su libro “Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?” (2017). Allison analizó 16 casos de los últimos 500 años y halló que el 75% de los casos terminó en guerra. Los restantes cuatro casos, observa Allison, fueron resueltos pacíficamente mediante:

  • La diplomacia (Tratado de Tordesillas), en la rivalidad entre Portugal y España en el siglo XVI.
  • La disuasión nuclear, durante la guerra fría entre los EEUU y la URSS.
  • La aceptación sensata (el “Gran Acercamiento”)  de la nueva realidad, en el relevo del imperialismo británico por el norteamericano a fines del siglo XIX.
  • La cooperación entre países afines (UE y euro), cuando la reunificación alemana (1989-1990) alteró los equilibrios de poder en Europa.

Este marco invita a especular si la trampa de Tucídides explica también otros fenómenos sociales y económicos que se están dando en Bolivia en la actualidad.

El conflicto entre la democracia que valora al individuo y las organizaciones sociales que controlan las corporaciones encierra la trampa de acudir a soluciones violentas de un lado y del otro, toda vez que el gobierno desestima el alcance de esos movimientos o éstos intentan imponer condiciones de gobernabilidad que no les competen, como vemos en estos días. Este conflicto solo puede superarse, sin recurrir a la violencia, mediante el diálogo respetuoso de las funciones propias de cada parte en temas de común interés.

Asimismo, caemos en la trampa de Tucídides por los recelos ante la transición energética, entendida como reemplazo gradual y planificado de fuentes fósiles por fuentes renovables, esencialmente en la generación eléctrica y en el transporte.

Los hidrocarburos dominan la matriz mundial desde hace un siglo por su eficiencia y abundancia, pero son finitos, contribuyen al calentamiento global y generan dependencia geopolítica, como dolorosamente experimentamos en estos días. Las energías renovables, en cambio, son inagotables, distribuidas universalmente y tienen menor impacto en el clima.

La “trampa” aparece cuando el sector de los hidrocarburos (empresas y analistas) percibe una amenaza de ser desplazado. Entonces se atacan a las renovables por su intermitencia (solucionable con tecnología), y costos (que han caído fuertemente).

En Bolivia, el conflicto entre el poder dominante del gas y el emergente de las renovables se nutre de la ilusión de mantener indefinidamente  la hegemonía del gas, sin considerar que ese ciclo energético se ha agotado.

Al contrario, la emergencia de las fuentes limpias, que en Bolivia son una necesidad antes que una opción, debería contar con la cooperación del sector fósil (por ejemplo, cortando la subvención al gas usado en las termoeléctricas), para impulsar una transición gradual y ordenada hacia un equilibrio más sano de la matriz energética. Se espera que la nueva ley de electricidad permita superar todo recelo hacia la transición energética.

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