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Blog de Francesco Zaratti

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“… dime cuándo, cuándo, cuándo, el año, el día y la hora en que quizás me besarás.”

Así empieza la famosa canción de Tony Renis (1962), interpretada, al ritmo de bossa nova, por artistas como Pat Boone en inglés o por José Guardiola en español.

Aplicado a la emergencia energética que vive Bolivia, ese estribillo resuena todos los días en el nerviosismo de los que preguntan cuándo “nos besará” de lleno la crisis; cuando se acabará el gas y se sufrirán apagones del sector eléctrico. No se trata de mera curiosidad sino de interrogantes existenciales de empresas e instituciones que intentan planificar su futuro.

La respuesta que suelo dar, como miembro del gremio de los quiromantes energéticos, empieza por matizar el alcance de la pregunta. Para que estalle semejante crisis, lo relevante no es saber “cuándo se acaba el gas”, sino cuándo se materializará su déficit, es decir, cuando la demanda interna supere la oferta de la producción nacional. En ese momento, Bolivia deberá importar gas.

De hecho, Bolivia padece ya un déficit de diésel y gasolinas que se ve obligada a importar, incluso subvencionándolos. Asimismo, estamos ante un inminente déficit de GLP, el gas de garrafa indispensable en los hogares a los que aún no llega la red de gas domiciliario.

En cuanto a déficits futuros – de gas natural y electricidad- prefiero inspirarme en los profetas bíblicos que anunciaban desgracias condicionadas a un cambio de actitud: “si no os convertís, os sucederá eso y lo otro”.  En ese sentido se debe interpretar la advertencia, incluso por parte de autoridades del sector, de que, si se sigue haciendo lo mismo, el déficit de gas llegará antes del 2030. La situación es aún más alarmante  debido a que  cerca del 70% de nuestra electricidad se genera precisamente a partir del gas. Por lo tanto, la pregunta crucial es qué se está haciendo para evitar o, por lo menos, postergar esa cita trágica con el colapso energético.

Al respecto, suelo utilizar una metáfora sencilla: el sector energético boliviano se apoya sobre dos piernas —la de los hidrocarburos y la de la electricidad—. Hoy, la primera está gravemente enferma y la segunda profundamente debilitada. Sin embargo, la terapia emprendida para curarlas resulta desesperantemente lenta y confusas.

Percibo la pugna de dos almas dentro del gobierno: la reformista, que busca revertir el estatismo asfixiante  de los últimos 20 años, artífice del desastre actual, y la “gattopardista” que se empeña en mantener el status quo, reemplazando parcialmente a ejecutivos y beneficiarios de las empresas públicas fracasadas -YPFB y ENDE a la cabeza–, pero dejando intactas la ineficiencia y la corrupción heredadas.

El tiempo se agota.  Es urgente aprobar nuevas leyes de hidrocarburos y de electricidad, eliminar los subsidios, democratizar la generación eléctrica y reconstruir la confianza para atraer inversión privada. Mientras tanto continúa la disputa entre esas dos almas, de cuyo desenlace dependerá la respuesta a la canción.

Desafortunadamente, esa ambigüedad no es monopolio del gobierno. Del empresariado nacional se esperaría una actitud liberal, anti monopolica y antiestatista. Sin embargo, lo que presenciamos en el tema del etanol es el aprovechamiento oportunista del monopolio estatal para imponer la compra y uso, obligatorio y desmesurado, de un producto que deja dudas razonables sobre los posibles daños que podría causar a una  mayoría del parque automotor boliviano.

En fin, más allá de las medidas preventivas dictadas, que se parecen a un “sálvese quien pueda”, se extraña un Plan que oriente la reactivación del sector energético con base en el desarrollo sostenible de las energías renovables.

¿Cuándo, cuándo, cuándo?

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