Hace unos años subí al Burj Khalifa en Dubái. Inaugurado en 2010, cuenta con 163 pisos y supera los 800 metros de altura. Su silueta característica es visible desde varios kilómetros a la redonda. Fue diseñado por el arquitecto Adrian Smith, un apasionado por los edificios energéticamente sostenibles, aunque no tanto por las construcciones modestas. De hecho, su próxima obra —aún inconclusa— es la torre Jeddah, en Arabia Saudí, concebida para superar el kilómetro de altura.
Al contemplar el Burj Khalifa, no pude evitar verlo como una nueva versión de la Torre de Babel: aquel eterno mito bíblico del afán humano por uniformar la diversidad de lenguas y culturas, homogenizando a la sociedad a través de la técnica.
Sabemos, por el libro del Génesis, cuál fue el desenlace de aquel proyecto: la dispersión física y lingüística y la quiebra del sueño de unificar a la humanidad. Sabemos también que a ese fracaso le sobrevino un nuevo e inesperado comienzo, gracias al llamado, aparentemente irrelevante, de Abram a emprender un largo camino de fe a través de la historia.
Desde entonces, los sucesivos intentos de confundir uniformidad con unidad han fracasado de manera sistemática. En Bolivia tuvimos un Fiscal —hoy encarcelado— que impuso homogenizar a su personal mediante el uso de corbatas verdes.
La raíz del fracaso, según el relato bíblico, radica en la pretensión de unificar a la humanidad desde la arrogancia tecnológica, prescindiendo de Dios como factor de cohesión y de la participación libre y consciente de las personas. El Papa León XIV en la encíclica “Magnifica Humanitas”, advierte, en la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), una nueva encarnación de la Torre de Babel: una versión ya no arquitectónica, sino de alcance global, que penetra toda la actividad humana.
Esta nueva torre se levanta mediante algoritmos y máquinas que simulan la cognición humana hasta el extremo de aparentar empatía con sus interlocutores. Con ello, desafían la creatividad de la mente humana, imponen un relato supuestamente unívoco —cuando no francamente falseado— y reproducen, a voluntad, voces, rostros e identidades.
Es una torre construida por corporaciones privadas impulsadas por el afán de lucro, la codicia de la fama y la prisa por llegar primero. Todo ello sin reparar en los posibles fallos, mientras los gobiernos y los ciudadanos contemplan, muchas veces impotentes, el vertiginoso desarrollo de esa carrera tecnológica.
Que quede claro: la ciencia y la tecnología son parte inseparable del desarrollo humano y de sus bondades nos beneficiamos todos cada día. Sin embargo, sabemos que detrás de cada nuevo producto del avance científico y tecnológico -un medicamento, un aparato o una aplicación que nos facilita la vida- existe una rigurosa metodología de prueba, verificación y certificación destinada a garantizar su eficacia y seguridad.
No ocurre lo mismo con la IA: su crecimiento meteórico parece haber soslayado los habituales filtros de control de calidad y mitigación de efectos secundarios. La vertiginosidad de los avances ha descuidado deliberadamente la seguridad y las profundas implicaciones éticas derivadas de su uso discriminatorio o desregulado.
Ya se han registrado episodios de pérdida de control sobre los «agentes» autónomos de la IA, a tal punto que los propios directivos de las empresas desarrolladoras han manifestado su inquietud y han abogado por un pacto que frene temporalmente su expansión en aras de la seguridad. No obstante, estas cautelas siguen chocando con las ambiciones y recelos de la geopolítica de las potencias dominantes.
Me pregunto: ¿Lograremos un día subir a la exclusiva y excluyente torre de la IA y seguir siendo humanos?