Desde que el ser humano optó por el sedentarismo, aprendió a depender de los ciclos naturales y a almacenar provisiones para el invierno, cuando la tierra cesa su producción. Aquella necesidad enfrentaba dos enemigos constantes: el clima y las plagas. Pronto, el hombre descubrió a sus dos mejores aliados: el subsuelo —donde una gruta a varios metros de profundidad mantiene una temperatura estable durante todo el año— y la despensa, aquel cuarto oscuro y ventilado.
¿Cómo olvidar el vino y la fruta guardados en la gruta familiar, fresca en verano y caliente en invierno?
Muchas familias en La Paz, durante los más de cincuenta días del reciente cerco campesino, han redescubierto la importancia de la despensa; un espacio que hace medio siglo era el corazón de los hogares, pero que hoy se ha reducido a alacenas empotradas o a un refrigerador que se abastece periódicamente tras “hacer mercado”.
La despensa ha evolucionado, pero mantiene su esencia como herramienta de supervivencia. Su nombre proviene del latín “dispensare” (administrar, distribuir), raíz que comparte con el “dispensario” de un centro de salud. Asimismo, la “dispensa” canónica exime de una norma, y lo “indispensable” es aquello de lo que no podemos prescindir.
Como suele ocurrir, el concepto se ha trasladado a otras esferas como alegoría de la memoria y la cultura: un “almacén” de conocimientos al que el narrador acude para nutrirse de saberes imperecederos. Incluso en el lenguaje político y académico, el prefijo “neo” (neoclasicismo, neoliberalismo, neocolonialismo) funciona como una forma de rellenar esa despensa intelectual con nuevas etiquetas.
En el curso de esta reflexión, he hallado una analogía elocuente: si la despensa física aseguraba la supervivencia en tiempos de escasez, hoy la jubilación cumple esa misma función ante el “invierno” de la existencia.
La vida sigue un ciclo agrícola: en la primavera sembramos a través del estudio y el trabajo; en el verano cosechamos los frutos del esfuerzo; en el otoño ahorramos lo que no consumimos; y en el invierno, disfrutamos de esos ahorros mediante una renta que nos permite subsistir. Si definimos la despensa no como un mueble, sino como un sistema de almacenamiento de recursos para el futuro, la jubilación es, en esencia, nuestra “despensa financiera”. Algunos, como se ha visto en casos polémicos, han interpretado este almacenamiento de forma distorsionada, convirtiendo el tráfico de influencias en una despensa personal de riqueza ilícita, como estamos viendo en la investigación a un ex presidente del gobierno de España.
En esta nueva modalidad, pasamos de almacenar bienes tangibles —joyas, tierras, ganado— a guardar valores financieros. Sin embargo, esta despensa moderna no está libre de las plagas que erosionan la seguridad. La primera es la incertidumbre de la “fecha de caducidad”: en una despensa tradicional sabemos cuándo se echará a perder el grano; en la jubilación, ignoramos cuánto durará nuestra vida, enfrentándonos al llamado “riesgo de longevidad”. La segunda es la inflación: un saco de trigo sigue siendo un saco de trigo, pero el poder adquisitivo del dinero puede “pudrirse” a causa del alza de precios o la “flexibilidad” del tipo de cambio.
Ante esta inseguridad existencial, que ninguna alacena humana logra vencer del todo, es pertinente recordar que existen seguridades más profundas. A este respecto, el consejo evangélico cobra una vigencia renovada: “Haced ‘despensas’ en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc 12, 33-34).
Al final, quizás nuestra despensa más importante sea aquella que logramos llenar con lo que nunca perece.