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Blog de Francesco Zaratti

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El otoño en Europa suele ser la estación de las reivindicaciones sindicales en busca de renovar los contratos de trabajo y conseguir mejoras salariales. Sin embargo, este año esa estación ha sufrido los efectos de un “cambio climático” que se ha concentrado en Francia y en el norte de Italia. Las características de ese movimiento anómalo de protesta son palos para romper todo, en lugar de cacerolas vacías, adolescentes de hasta 12 años, en lugar de curtidos obreros metalúrgicos, y exigencias surrealistas, en lugar de demandas concretas.

El resorte principal de las protestas es, en apariencia, el encarecimiento del costo de vida, consecuencia innegable de las guerras en curso: la agresión de Rusia a Ucrania, que ha obligado a incrementar los gastos bélicos, quitando recursos al presupuesto social, y, sobre todo, la embestida de Israel y EEUU contra Irán, que ha cortado o disminuido el flujo de petróleo, gas y productos refinados desde el Medio oriente, haciendo trepar los precios de los combustibles en todo el mundo.

Decía «en apariencia» porque una lectura más profunda revela causas sociológicas de mayor complejidad. En efecto, los manifestantes son, en muchos casos, hijos de migrantes —ciudadanos de segunda generación, como se les suele denominar—, menores que experimentan profundas incomodidades en sus barrios y escuelas, con posibilidades limitadas de ascenso social. Carecen de liderazgos tradicionales; las consignas y la coordinación les llegan de manera instantánea vía TikTok y otras redes sociales. Los mueve una rabia incontenida que los impulsa a romper todo lo que encuentran a su paso, principalmente los símbolos de un estatus de vida inalcanzable. Como han señalado diversos psicólogos, la generación-Z vive carente de pasado, aburrida del presente y sin perspectivas de futuro.

Esa bronca irracional se ha manifestado con incendios y graves daños en edificios públicos, con la rotura de escaparates de tiendas de alta costura, sin perdonar siquiera a comercios más modestos y viviendas.

A la violencia le ha seguido de inmediato la manipulación partidista: la de sectores de la izquierda que incurren en los consabidos matices (condena de la “violencia policial” y de los “infiltrados”, pero justificación o comprensión de las protestas), y la de las fuerzas conservadoras que reclaman mano dura, medidas represivas y penas de cárcel para los menores. Tampoco podía faltar la instrumentalización del inefable Donald Trump, acorralado por la contienda electoral de medio término, achacando a la excesiva tolerancia hacia los migrantes todos los males: “ ¡Cierren sus fronteras!”

Para los analistas políticos, lo sucedido es la respuesta al degrado de la calidad de vida de la gente, entre sospechas de injerencias externas (guerra híbrida).

Para la física, la explicación reside en la complejidad de sistemas que, bajo determinadas condiciones de contorno y con las redes sociales actuando como catalizadores, generan estallidos incontrolables y desatan efectos colectivos en cadena.

Para la mirada religiosa, las causas son todavía más hondas: vivimos inmersos en el mundo ficticio de las pantallas, lo que impide a muchos niños, adolescentes y jóvenes «levantar la mirada» —en sintonía con las recientes reflexiones del Papa León XIV— de sus aparatos para descubrir la realidad tangible – el cielo, el sol, las nubes y “los otros”- velada por el humo de la frustración.

Algunos van incluso más allá y ven en estos acontecimientos la crisis de existencias sin Dios, sin compromisos, sin una brújula moral y con un sentido de la vida tan frágil que sucumbe indefectiblemente ante el hedonismo, el vértigo tecnológico y el imperio absorbente de la inteligencia artificial.

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