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Blog de Francesco Zaratti

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El año 1925 marcó un punto de inflexión para la Iglesia y el Estado en Bolivia. El arribo del nuncio Gaetano Cicognani coincidió con el Primer Centenario de la República. Su agenda se centró en la consolidación de las relaciones plenas, en la reorganización del mapa territorial de la Iglesia boliviana y en el fortalecimiento de la identidad nacional a través de su patrona.

La coronación de la Virgen de Copacabana como Patrona de Bolivia (el 1 de agosto) sirvió para sellar una paz simbólica. Tras décadas de tensiones, la presencia del presidente Saavedra junto al Nuncio Cicognani arrodillados ante la Virgen escenificó la reconciliación nacional. Monseñor Cicognani participó en los actos oficiales como decano del cuerpo diplomático, obviando el criterio convencional de antigüedad en el cargo. Este privilegio se mantiene hasta nuestros días.

En 1932 llegó a Bolivia monseñor Luigi Centoz, a quien le tocó vivir la Guerra del Chaco (1932-1935). Su contraparte en Asunción fue monseñor Filippo Cortesi. Ambos eclesiásticos son recordados por su destacada labor humanitaria: Cortesi, por abogar incansablemente por el intercambio de prisioneros y heridos; Centoz, por la defensa de las misiones indígenas en el Chaco, atrapadas en medio de la contienda y blanco de abusos militares de ambos bandos. En este contexto, destacan las denuncias ante el nuncio del alemán Karl Walter Vervoort, oblato de María Inmaculada, quien llegó a ser el primer obispo del Vicariato del Pilcomayo, cuando ese territorio quedó bajo soberanía paraguaya.

Respecto de la presunta colaboración del Vaticano en el traslado de jerarcas nazis hacia Sudamérica (incluida Bolivia) en la posguerra, es necesario señalar que el nuncio de entonces, Giuseppe Burzio (1946-1950) difícilmente se habría prestado a semejante tarea, habida cuenta de sus conocidos antecedentes antinazis durante su misión en Eslovaquia.

De la época de la Revolución Nacional (1952-1964) sobresale la firma de un acuerdo bilateral que se mantiene vigente: el Convenio sobre Misiones de 1957, suscrito durante el gobierno de Hernán Siles Suazo. Posteriormente, la Constitución de 1961 y el Decreto Ley 6980 de noviembre de 1964 pusieron fin al régimen de Patronato.

Tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia asumió con renovada decisión un fuerte compromiso social y político. En Bolivia, esta corriente se expresó en la reevangelización del campesinado, la participación en movimientos sociales, la expansión de los medios de comunicación y de la educación superior, así como en la vigencia de diversas corrientes inspiradas por la teología de la liberación.

Asimismo, ¿cómo olvidar la firme actuación del nuncio Alfio Rapisarda para resguardar la vida de la presidenta Lidia Gueiler, destituida por el brutal golpe del 1980?

Cien años después de las tensiones con el Partido Liberal, las relaciones entre la Iglesia y el Estado volvieron a enfrentar un momento de crisis, durante el gobierno del Movimiento al Socialismo, con la aprobación de una nueva Constitución Política del Estado (2009) y la hostilidad de ese gobierno hacia las obras de la Iglesia. Con todo, la fórmula constitucional hallada —que puede resumirse en la idea de «instituciones distintas, mas no separadas»— resultó a la postre equilibrada y de mutuo beneplácito.

Las visitas a Bolivia de dos pontífices (Juan Pablo II en 1988 y Francisco en 2015) fortalecieron las relaciones bilaterales, aunque sin que se llegara a suscribir un Acuerdo Marco.  Quedan vigentes, sin embargo, los convenios sectoriales firmados con anterioridad. 

Es de desear que la celebración del sesquicentenario de las relaciones diplomáticas sea la ocasión propicia para concluir con éxito esa tarea pendiente.

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